sábado, 19 de septiembre de 2015

Una colección de libros de urbanidad






Tratado de

Buenos Modales




A la espera de algunas colaboraciones que tenemos pendientes (los coleccionistas también trabajan, están enfermos, viajan, se divierten... son humanos) y que os ofreceremos en cuanto nos sea posible, en esta ocasión vamos a comentar una colección ni muy grande ni muy estudiada, pero que gira en torno a un tema interesante, los libros de Urbanidad. 
La colección es de mi hija Gloria, que todavía no sabe que voy a hablar de ella, pero que espero que haya asimilado algo el contenido de sus tratados de Buenas Maneras y respete educadamente mi decisión...
En principio, reconozco que este tipo de lectura puede parecer a las nuevas generaciones una pérdida de tiempo total. Es más, sin siquiera abrir una página, muchos jóvenes y menos jóvenes, asegurarán que es una pijada increíble y que estos libros no sirven para nada. 
Pero, para saber de qué hablamos, vamos a detenernos primero en la definición de Urbanidad.
Por Urbanidad se entiende un conjunto de normas de convivencia establecidas en una sociedad, con el fin de facilitar las relaciones entre las personas. (Aviso: si hay alguien que automáticamente traduce el término "normas" por "obligaciones pesadísimas", no empieza bien el acercamiento a este código social).
Las pautas de comportamiento que nos brinda la Urbanidad, nos ayudan a poner de manifiesto el respeto que sentimos por los demás y nuestra voluntad de entendernos bien con todo el mundo. También, nos permite satisfacer la legítima aspiración de cualquier ser humano de querer resultar agradable y cercano a nuestros congéneres.
La etimología de la palabra Urbanidad viene del latín urbanitas, cuya raíz es urbs. Se utilizaba para designar a Roma como entidad física, las costumbres y manera de comportarse de los romanos. Considerando que dicha ciudad era el centro del poder y un lugar de encuentro de diferentes culturas, podemos deducir que la romana era la conducta a seguir, a imitar.  
Los libros de Urbanidad figuran entre los primeros libros pedagógicos que se han escrito, y tratados y referencias a sus normas se encuentran en la literatura de todo el mundo.
Bien es cierto que muchas personas desprecian la Urbanidad porque la asocian con el disimulo y la doblez, completamente contrario a lo que se valora en los tiempos actuales, donde la espontaneidad y la libertad tienen que respetarse por encima de todo. Efectivamente, si uno quiere ser educado cierto arte del disimulo se tiene que practicar, y hay que aguantar y tener paciencia en muchas ocasiones. Esta actitud hay personas que la valoran, por lo que supone de saber mantener el control y dominarse, mientras que otros la consideran hipócrita. Todo es muy subjetivo en esta vida.        
La Urbanidad es educación, no necesariamente de la que se aprende en colegios ni escuelas, sino la que responde a unas reglas mínimas de sentido común cuando se quiere vivir en buena armonía con los demás. Ser bien educado no requiere ningún título y es una cualidad  que facilita el entendimiento entre las personas. Un maleducado/a atrae los conflictos sobre si mismo, porque no quiere o no sabe ponerse en el lugar de los demás.
Dado que hemos comentado la conexión del término Urbanidad con urbanitas, urbe, urbs, etc. quizás alguien piense que en los pueblos no se practica la Urbanidad y se vive tan ricamente sin tanta norma y ceremonial. Error. Digamos que el término para designar las reglas de convivencia en la sociedad rural, no se llaman precisamente Urbanidad, pero vienen a ser de contenido parecido.
Hay que pensar, que la vida en un lugar pequeño está más reglamentada y es más rígida de lo que lo era la corte de Luis XIV. Y no lo digo en sentido negativo, al contrario, porque esas reglas no escritas, pero establecidas durante siglos, han permitido vivir en un reducido espacio a una generación tras otra de unas pocas familias.    
La Urbanidad aborda diferentes competencias y temas, pero nosotros nos hemos centrado más en todo aquello que afecta al comportamiento de las personas, a su actitud, que no a los aspectos de etiqueta, relaciones sociales, etc. como puede ser el modo de sentar a los invitados en una cena en nuestra casa, el modo de comer el marisco, cuando visitar a los enfermos, a quién invitar a un bautizo... Digamos, que en el primer caso, son consejos prácticamente inmutables en el tiempo, sin embargo, todo lo demás resulta sujeto a la moda y costumbres, y acusa el paso de los años, tanto que a veces las normas quedan obsoletas.
Como ejemplo de la Urbanidad más elemental, encontramos la definición que de ella da una alumna en el librito "Reglas de Urbanidad para señoritas" de D. Julián Mariana, publicado en el año 1859. Cuando se le pregunta:
"- ¿De qué sirve la urbanidad?
La alumna responde:
- De mucha utilidad en la vida; inspira la dulzura, conserva la paz y buen orden y hace el trato más fácil y agradable, alejando los vicios que provienen de un carácter violento y excluye esa grosería que, bajo el nombre de franqueza, se permite con frecuencia verdades que disgustan".
No ha resistido tan bien el paso del tiempo, el siguiente caso que vamos a exponer, leído en el mismo libro antes citado. En cuanto al tema de la limpieza personal, se dice:
"P.- ¿Se servirá V. decirme algo con respecto a la limpieza del cuerpo? 
R.- Sí, señora, todas las mañanas, después de vestirse, o al menos luego de haberse puesto los vestidos indispensables para presentarse con decencia, se debe peinar, cepillarse la cabeza, lavarse las manos y cortarse las uñas. En seguida se lava la cara, el cuello y las orejas, con agua no calentada por rigurosa que sea la estación".
"Los pies deben lavarse lo menos una vez a la semana, sobre todo durante la estación de verano...".
Por cierto, esto de las uñas y los pies parece que les tenía preocupados, porque también Pilar Pascual de Sanjuán, en "Resumen de Urbanidad para las niñas", le hace decir a la niña interrogada sobre la limpieza:
"Debe lavarse cara y manos todas las mañanas y entre día, siempre que de ello hubiere necesidad. Peinarse, asimismo, diariamente; cortarse las uñas y lavar de cuando en cuando todo el cuerpo, en particular los pies".
Hay que señalar, en honor de la verdad, que no todos los autores de los libros que se muestran en las imágenes, son ardientes defensores de las clásicas reglas de Urbanidad. Este es el caso de Chumy Chúmez, que en su "Moderna Cartilla de Urbanidad" más bien presenta un tratado de anti-urbanidad que de otra cosa. Dice, hablando de buenos modales:
"P.-¿Debemos ceder siempre el paso a las señoras?
 R.- Si caben, sí".
"P.-¿Debemos enseñar a nuestros hijos los buenos modales?
R.- Sí, aunque sea a bofetadas".
Los libros de Urbanidad son como radiografías de una sociedad, que nos permiten verla por dentro, por lo que resultan excelentes medios para acercarnos a otras culturas y conocerlas mejor. 
Hoy día encontramos muchas de las pautas de conducta que antes figuraban en estos libros, en los manuales de Protocolo, que contrariamente a lo que puede suponerse, cada vez ocupa un lugar más importante en las relaciones oficiales, institucionales, comerciales, etc. 

   

          
   


   

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Mi estimada Ma. José Fuster!!!!!!!!!!
Espero que te encuentres bien y tu familia también.

Retomaste un tema muy esencial que debería aplicarse en esta época, por lo tanto te felicito ampliamente y no nadamas por este tema, sino porque todo lo que nos participas es excelente.

Un saludo de la Ciudad de las canteras rosas.

Héctor M. Camargo P.

mjfuster dijo...

¡Gracias, Héctor! siempre tan amable. Un abrazo.